ANTONIO DE LA FUENTE ARJONA
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Director de Teatro
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© Antonio de la Fuente Arjona

GOYA. LOS DESASTRES DE LA GUERRA.
Con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Goya, el Museo Municipal de Madrid (en colaboración con la Calcografía Nacional de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) ha organizado la exposición “ESTAMPAS DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA”. En ella se muestra la serie de grabados más comprometida y actual de Goya: los “Desastres de la Guerra”, situándola en el contexto en el que fue concebida, “enfrentándola” al resto de estampas que se produjeron en esos años, poniendo así de relieve la extraordinaria calidad y profundidad del análisis que efectuó de ese suceso triste y brutal de nuestra historia.
La estampa, un importante medio de transmisión de ideas en aquella época, representa aquí dos formas diferentes de mostrar los hechos, dos posibles visiones de un conflicto (susceptible de acontecer en todo tiempo y lugar) que no corresponden a la de dos ejércitos enfrentados sino a dos mentalidades radicalmente distintas: la de los que toman partido por uno u otro bando por motivo de nacionalidad o ideales, y la de Francisco de Goya escéptico ante las justificaciones de la guerra. Son también dos formas opuestas de entender el arte: una al servicio de un fin políticamente preciso, y otra como expresión de unas ideas propias, reflexivas y críticas.
Así tenemos unas estampas propagandísticas, que narran o presentan hechos concretos sin posibilidad de interpretación alguna, de lectura unívoca, que hablan de buenos y malos, que crean héroes y mártires para adoctrinar a las masas, infundirlas devoción o ánimo de venganza. Y después están las estampas de Goya en las que los acontecimientos bélicos no se presentan como algo heroico y digno: en lo absurdo de la guerra, en esa barbarie trágica, víctimas y verdugos se confunden, el ser humano (colectivo y anónimo) es el responsable y a la vez la víctima.
En “Los Desastres” Goya continua su experimentación en los recursos de orden técnico y formal que ya había iniciado en sus anteriores grabados: el uso de la aguatinta y la aguada, el resultado que obtiene es eminentemente expresivo y conceptual. Los comentarios con que el autor acompaña cada grabado potencian el dramatismo de las escenas y hacen reflexionar, aún más, al espectador sobre los hechos.
                                                                             
"ACTORES” , Nº 39, julio 1996

ACTORES INMIGRANTES ACTORES DIFERENTES
Unos por razones económicas o políticas y otros por una simple necesidad de cambio personal, llegan desde sus países de origen y se establecen (temporal o definitivamente) en España, donde intentan (como cualquiera) realizarse profesional y personalmente.
Ya sólo a nivel legal (permiso de trabajo, tarjeta de residencia, etc.) los problemas para un inmigrante son actualmente mayores que los que Raúl Fraire pudo encontrarse cuando llegó a España hace 20 años huyendo de la dictadura argentina. Raúl reconoce que aunque nadie le regaló nada, pudo acceder en igualdad de condiciones al mercado laboral, tenía a su favor el idioma, un físico europeo (sin rasgos indígenas), y como él dice una “gimnasia de adaptación” aprendida desde niño cuando recorría con su padre los pueblos de Argentina.
Raúl destaca el extraordinario momento de apertura social y política que se daba en España en aquellos años (“de solidaridad política y humana”), precisamente atraído por esa situación Carlos Bernal se vino desde Colombia hace casi 18 años dispuesto a conocer y a aprender, interesado sobre todo por el teatro independiente español. En ese medio nunca tuvo problemas de integración, pero ahora, que obligado por la mala situación que vive todo el movimiento independiente tuvo que buscar una salida en el cine, la televisión o el teatro comercial, es cuando se siente más limitado. En eso coincide con Kim Manning, actriz-bailarina estadounidense que llegó a España en los 80. Sus ofertas de trabajo se limitan a un tipo de personaje casi siempre tópico, sin matices, leves toques de color o de humor fácil en el guión.
Ser extranjero puede influir tanto positiva como negativamente en nuestra profesión. Positiva porque cuando surge un papel de extranjero ellos son los primeros en acceder a la prueba, y negativa por eso mismo también: si en el guión no se especifica que tal o cual personaje es extranjero casi nadie piensa en ellos. Se trata de una discriminación inconsciente, una tendencia general a retratar una sociedad uniforme, “normal”, que no se corresponde con la realidad. Como dice Carlos Bernal, la historia que se nos cuenta una y otra vez en la pantalla y en el escenario es la historia de los “triunfadores” de esta sociedad, o su visión de la misma, muchos colectivos considerados “de segunda” apenas están representados (inmigrantes, homosexuales, mujeres, obreros...).
Para Raúl Fraire y Carlos Bernal parte de culpa la tiene el dominio americano y las fórmulas que se han impuesto en nuestro mercado: una forma de hacer las cosas, el cómo se presentan y la ideología que trasmiten.
Oswaldo Martín no cree que exista igualdad de oportunidades desde el momento en que a nivel de guión ya intentan justificar por qué el personaje es “étnicamente diferente”. El caso de Oswaldo es muy peculiar: nació en Guinea cuando ésta pertenecía a España, por lo tanto siempre ha tenido nacionalidad española, y no tiene problemas con el acento ya que ha vivido aquí desde que tenía un año, pero resulta que por el color oscuro de su piel está obligado a “trabajarse” el acento ya que la mayoría de los personajes que le ofrecen son extranjeros: árabes, sudamericanos, caribeños...
Para Rita Siriaka, actriz brasileña que reside en Madrid desde hace 2 años, es innecesario obligarse a quitarse el acento, porque, al igual que Kim Manning, piensa que los papeles que le ofrezcan siempre serán de extranjera. Sin embargo sí considera muy positivo conocer bien el idioma del país en donde vives y trabajas, mejorar la dicción, dominarlo para así poder modificarlo si es necesario.
Los que llevan más años en España opinan que la situación ha cambiado levemente. Oswaldo reconoce que ahora se ven más personajes “diferentes”, sobre todo en cine y tv, aunque no cree que haya que lanzar las campanas al vuelo. Tanto Raúl como Kim coinciden en que la sociedad española no ha llegado todavía a asimilar este fenómeno (ni el mercado ni el público), pero que todo es cuestión de tiempo. Según Rita Siriaka la situación cambiará a la fuerza, la realidad se irá imponiendo ya que la diversidad étnica y cultural que existe en la calle es algo que no se puede ocultar. Raúl Fraire remarca que esa diversidad siempre debe mostrarse bien integrada, de forma inteligente para evitar el rechazo del público, nunca a base de tópicos.
Ninguno ha tenido problemas con los compañeros, ni conocen ningún caso de racismo o xenofobia, quizá, piensa Kim, porque al estar todo tan definido no se plantea una competencia profesional, los compañeros, como dice Oswaldo, tienen la “seguridad” de que nunca les vas a pisar un papel.
(Los actores y actrices que, con su opinión y experiencia personal, ilustran este artículo no representan ninguna generalidad, son ejemplos puntuales de la compleja variedad humana que nos rodea y enriquece. Gracias a todos ellos por su colaboración.)
                                                                                  
"ACTORES” , Nº 39, julio 1996

JAVIER CODESAL. TRAS LA PIEL
Su obra (radio, acción/performance, video instalación, televisión, cine) se enreda en esa frontera borrosa del videoarte, los multimedia o el arte a secas: formas de expresión que no parece que hayan llegado a cuajar nunca en nuestro país, por eso quizá Javier Codesal es más conocido y valorado en el extranjero.
Su discurso, libre, arriesgado, sin concesiones hacia el espectador, no es cómodo, ni fácilmente legible. No se trata de hermetismo deliberado o de una intención de provocar, sino de la forma que toma un proceso de búsqueda interior.
El título de su último trabajo: “Tras la piel” , bien puede definir el camino elegido y la razón de esa búsqueda: es el propio autor hurgando en su herida abierta, yendo en pos de la Verdad (su Verdad).
En esa búsqueda no hay valoración o enjuiciamiento, no hay crítica, se limita a mostrar las cosas tal y como él las percibe, de forma poética casi siempre, con imágenes poderosas y aceradas: “tomo partido por los signos fuertes, ahuyentando las imágenes no necesarias”.
La religión, las tradiciones populares y el cuerpo masculino (y su sexualidad) son temas recurrentes en su obra, con ellos tiene Javier Codesal unos vínculos muy personales, privados (¿autobiográficos?), con ellos va intrincando un discurso simbólico, con un planteamiento complejo y una exposición sincera.
¿Me interesa su trabajo porque le conozco o le conozco porque en algún momento me interesó su trabajo? Nunca sé muy bien qué fue primero. Me atrae mucho ver sus futuras creaciones, hacia dónde evoluciona ese proceso de búsqueda, cada vez más libre de ataduras, de pudores, manteniendo esa mirada lúcida y lírica, cuando, tras el desgarro y la carne viva, alcance la entraña de las cosas.
                                                                               
ACTORES , nº 38, mayo 1996

JOSÉ LUIS CID. MUSICAR IMÁGENES (O INTENTARLO)
Son pocos los compositores conocidos, pero muchos los desconocidos. José Luis Cid pertenece al último grupo. (Me gusta la gente desconocida, no puedo evitarlo, ese grado de pureza, de honestidad, de inocencia apenas pervertida por el sistema, al fin y al cabo, ¿por cada genio coronado que da la Historia cuántos, quizá mejores, quedan en el fango?)
José Luis Cid ha realizado bandas sonoras para videos artísticos y empresariales, para cortometrajes (uno de los cuales ganó un Goya), para dos películas (que nunca se estrenaron), para compañías de teatro, e incluso ha dado conciertos... Su anonimato es total.
De gustos eclécticos y muy variadas influencias, José Luis Cid compone con una facilidad pasmosa, da la impresión de que la música le desborda: algunos de sus temas parecen el resultado de una batalla perdida entre el autor y sus instrumentos, otros, los más personales y sugerentes, logran transportar al oyente a parajes desconocidos, emocionantes. Crear ambiente, conseguir ritmos y melodías envolventes en una curiosa y atrevida combinación de estilos es su mayor acierto.
Es extraño que su música, al igual que el autor, con su corpulencia física y su divertida torpeza, pasen desapercibidos, ya sabemos que en este mundillo nuestro el talento no suele bastar, a veces es más importante la picardía, las relaciones públicas, o la suerte.
Espero, deseo, que la acumulación de proyectos frustrados no alimenten el desánimo y lleven a la mudez a alguien que tiene mucho que decir.
                                                                 "ACTORES” , nº 36, enero 1996

JAVIER DEL REAL. FOTOGRAFIAR TEATRO
Recoger el instante, congelar el momento sin que éste pierda la fuerza, el movimiento, el sentimiento que tenía la realidad fugaz imitada, llevada al papel por arte de birlibirloque.
Javier del Real ejerce la hechicería, él fue el primero que me mostró las imágenes surgiendo mágicamente de una hoja en blanco tras el correspondiente proceso de alquimia.
Su trabajo como fotógrafo de prensa (El País, Diario 16, La Guía del Ocio) le acercó hasta el teatro en una época (1981-88) prolífica en espectáculos y creatividad. Intentar definir en pocas imágenes el sentido, la trama de una obra de teatro, es el “más difícil todavía”, más aún cuando te mandan cubrir espectáculos de los que no se tiene ninguna referencia o montajes novedosos en los que el fotógrafo puede pasar de no saber dónde colocarse para no estorbar, a formar de pronto parte de la acción (como le ocurrió con Paulowsky y en alguna que otra performance).
Javier del Real vive muy intensamente la relación fotógrafo-teatro, la concentración tiene que ser absoluta, ser capaz de reconocer cuándo se acerca el mejor momento para apretar el gatillo (lo que él llama “instinto de disparo”: cuando se aúnan favorablemente todas las claves: luz-acción-actor). Es un visionario, no es un espectador corriente, mirar el mundo a través del objetivo de una cámara suele dar otra visión de las cosas, lo visual y físico le atrapa antes que el texto o la trama. La sorpresa, la razón de su arte viene después, tras el sortilegio del revelado: la fina puntería del fotógrafo y su sensibilidad sugerente para descubrir lo secreto, sacar a la luz lo oculto.
Fue tal la atracción del fotógrafo por el mundo del teatro que se metió de lleno en él y colaboró estrechamente con varias compañías, ya sea fotografiando (radiografiando) el corazón de su trabajo o realizando una investigación profunda sobre la luz, la imagen y el movimiento.
Javier del Real prefiere el Blanco y Negro a el Color, la artesanía contra lo que él considera industrial. “El Color es una imitación de la realidad”, dice, “el Blanco y Negro tiene más posibilidades creativas, resulta más pictórico, el resultado es mi propia versión de la realidad”. Y así es, muchas de sus fotografías son verdaderos cuadros, por su enfoque, la textura del papel o el grano de la película, sus creaciones van más allá del modelo, enriqueciéndolo.
Actualmente se dedica a la publicidad y a la docencia, pero en su estudio conserva la Caja de Pandora: su archivador rebosa de gestos precisos, movimientos contenidos, sonrisas y lágrimas, experimentos, sensualidad, sorpresa y Historia: un trozo de pasado, la pequeña historia de un Madrid cultural y socialmente muy movido, allí, gracias a sus trucos de encantamiento, muchos de nosotros seguimos siendo jóvenes y hasta felices.
                                                                 
"ACTORES” , nº 35, noviembre 1995

LUIS GONZÁLEZ CARREÑO. LA INTENSIDAD DE LA CREACIÓN
Ha trabajado para José Luis Alonso, Lynsay Kemp, Miguel Narros, Lluis Pasqual..., fundó compañías como La Jincacha o Imag-T, ha colaborado con otras de la talla de Zascandil o Guirigai, y ahora es profesor de Caracterización y Máscaras en la RESAD..., y sin embargo, muy pocos conocen su obra.
Luis González Carreño es ante todo un creador de imágenes: ya sea realizando escenografías, vestuarios o máscaras para espectáculos ajenos, o alimentando sin parar su mundo singular y complejo.
Sus hallazgos (nuevos materiales, nuevas técnicas) sorprenden, pero su producción particular sobrecoge, perturba... y uno no siempre acaba por asimilarla o entenderla. El asombro del que ve su obra por primera vez contrasta con la naturalidad con que el autor convive con ella.
Esculturas, máscaras, trajes, creación de espectáculos... En Luis González Carreño existe un combate real entre el intento por alcanzar la perfección, y el triunfo de la creación libre, demoledora. ¿Es esta dura lucha la que ha definido su carácter impulsivo y contradictorio, o quizás ha sido éste último el que ha marcado su forma intensa de vivir el arte?
De su abundante producción destaca su trabajo con la máscara (lo más conocido y reconocido): un estudio profundo sobre el ceño elocuente (carilargos, hocicudos, vultuosos, rostrituertos, caridolientes, virolentos...), al que añade una textura de arenas, sal o pigmentos para lograr un resultado final de una fuerza insólita. Pero Luis González Carreño no sólo congela el gesto en cartón o en látex, sino que además es único para enseñarle al actor cómo mover la máscara y sacarle el mayor partido expresivo posible.
Actualmente la docencia absorbe todo su tiempo y no le ha permitido preparar una nueva exposición (la última viajó por España y Portugal), pero ya está amenazando con volver a tomar la calle con sus “Impactos” (espectáculos muy breves basados en el impacto visual). Sus espectáculos suelen ser como una exposición en movimiento, una galería de personajes que, procedentes de una realidad distorsionada, se mueven entre lo hipnótico y lo grotesco.
Esperemos que su amenaza se cumpla.
                                                                    "ACTORES” ,  nº 33, Junio 1995

UNO DE LOS NUESTROS
Se trataba de nuestro debut, estábamos nerviosos como en cualquier estreno e íbamos saliendo a escena con el papel mal aprendido: ni siquiera tener claras las ideas da seguridad a tu voz cuando te enfrentas con el público -aunque éste sea escaso y casi familiar- para exponer tus opiniones.
La confusión es mayor cuando no se sabe quién es el público y quiénes los actores. La juez nos quitaba protagonismo con sus muecas, e incluso nuestro abogado nos robaba foco revolviendo papeles sin parar luchando por descifrar su propia letra. Sólo la fiscal intentó pasar desapercibida y cuando le toco su turno recitó su papel a media voz y de carrerilla, dejando bien claro que ella era una mandada y que no tenía nada personal contra nosotros.
Resulta curioso, a la vez que un poco estúpido, participar en un juicio en el que todos parecen estar de acuerdo. Será, supongo, porque el compromiso por la paz, la solidaridad y la tolerancia es algo indiscutible, y se caen por su propio peso irracional cosas como la carrera armamentista, el nacionalismo (aunque esté actualmente muy de moda) y la defensa de valores surrealistas (y de fácil manejo para el poder) como el honor, el patriotismo o la obediencia. Sí, en aquel juicio todos parecíamos estar de acuerdo pero no todos estaban dispuestos a mojarse.
La juez guardaba en su cara un gran repertorio de gestos para mostrar su adhesión silenciosa a nuestra causa, sólo cuando, después de declarar testigos y acusado, le tocó el turno a nuestro abogado y su alegato final, la pobre no pudo evitar dejar escapar un resoplido indiscreto y un mohín de impaciencia como si pensara: “¡ya no llego a las rebajas!”.
Nuestro abogado sí que no tenía ninguna prisa, hasta las diez de la noche que es cuando está obligado a “fichar” en la cárcel (está cumpliendo condena de dos años en régimen abierto) disponía de tiempo para, en un alarde de sinceridad y nerviosismo, defender al acusado, a los testigos y así mismo.
Al final no hubo aplausos, ni habrá críticas en los periódicos, incluso el abogado nos advirtió días antes que la sentencia ya estaba dictada de antemano: cuatro meses de prisión mínimo.
Era un viernes 10 de febrero y se juzgaba a un compañero nuestro: José Antonio Sánchez Velázquez, porque además de actor y buena persona, es insumiso. (No es el primer actor -ni será el último- juzgado por insumisión, es decir, por negarse a realizar el servicio militar y la Prestación Social Sustitutoria.)
Se trata de un ejemplo más de compromiso, una de esas palabras sencillas que actualmente parecen no tener valor, enterradas por los términos grandilocuentes y vacíos que usan nuestros políticos. Compromiso cotidiano y solidaridad real, no hace falta acudir a buscar líderes o grandes movimientos, la coherencia diaria basta (o debería bastar) para enfrentarnos con la realidad.
                                                                         "ACTORES” , nº 32, abril 1995

 
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